Les mosques d’octubre


Ferrater, Gabriel, «Les mosques d’octubre», Les dones i els dies, Barcelona, Edicions 62 («MOLC», 21), 1979, p. 143; Les dones i els dies, edició definitiva, Barcelona, Edicions 62 («la butxaca»), 2017, p. 187; Les dones i els dies, edició crítica de Jordi Cornudella, Barcelona, Edicions 62, 2018, p. 193.


El título del poema contiene dos huellas en mi lectura: de un lado, las famosas moscas de Antonio Machado, aquellas que le evocan todas las cosas y que conllevan el paso del tiempo –ellas, de vida tan rauda– y, de otro, aquel octubre del poema «A veces en octubre es lo que pasa», del contemporáneo de Ferrater, Ángel González. Así partimos, en este viaje descendente, del peso del tiempo que se engrandece al final del verano. Las moscas, como aquellos patos del pequeño Holden, se hacen más pesadas en octubre para luego desaparecer tras el estío.

El espacio donde el poeta se despide del verano es uno de los más simbólicos del mismo: la playa. Así pues, la playa como vida, como felicidad, tal como lo son las tan amadas bicicletas que asoman constantemente en los versos de Ferrater. Pero el tiempo es octubre, aquí el mes más cruel: la playa se queda vacía y se endurece, se petrifica, se hace costra –imaginamos que como una imagen inmóvil– y cualquier espacio vacío se agranda: el poeta juega a un constante «engrandecimiento» en el poema, tanto del espacio como del tiempo. Se engrandece lo que se vacía, lo que contiene esa nada del último verso. Ese final de la estación de la esperanza, de la felicidad de la que tan partidario era Ferrater, asoma a través de la larga playa en la que ya ha llovido. Es el agua la que brota en el poema para, desde esa lluvia limpia, ir encharcándose hasta llegar a ser coágulo.

El lenguaje poético tan desbordado como el agua invita al silencio lector: los versos cargados de palabras gastadas, como diría su amigo, se precipitan, caen, en ese hombre que, probablemente, ha sido feliz y que augura que ya nada será. Dicha precipitación tartamudea con dos paréntesis. Así, en las estrofas impares corre y se estanca el agua y los recuerdos se paralizan, mientras que, en las estrofas dos y cuatro, como si el poeta nos hablara en secreto, es donde aparece ese tú que es la voz poética desolada: primero nos muestra el corazón –¿desnudo de cintura para abajo?– mal drenado, emponzoñado probablemente de sueños de otros veranos pasados, en el que el líquido no ha salido bien de la cavidad: el mismo líquido que, probablemente, coagula los recuerdos («negres / coàguls», v. 10-11) aún no caducos –como si la nostalgia del presente borgiana apareciera ennegrecida por una tormenta–. Unos recuerdos que aún, aunque heridos de muerte, permanecen vivos. Apuntalando un presente que se escapa en cada ola –subterránea bajo la costra– que se aleja.

Y, en la segunda estrofa entre paréntesis, con la dureza de un espejo no deforme, el remolino del miedo –«el fosc corrent que has desfermat», v. 20– que sostiene esa «mà lleu damunt una galta» (v. 21) lleva a desear la llegada del invierno. Se confunden los líquidos que corren por los versos: el agua, la sangre, el miedo. Drenar no solo un corazón, sino los charcos y el futuro, parece ser el deseo oculto del poeta.

Entre los elementos que puntean el poema está la playa que es la historia: pasado, presente y futuro –«més llarga / que tots els estius», v. 1-2–, una playa que se pliega como una pesadilla –y que aparece con el artículo determinado frente al indeterminado de «una dona», v. 18–. El otro elemento es la piel: de la piel salada y deseada por un labio de la primera estrofa llegamos a la de una mula a la que un tábano no deja en paz. Playa y piel atrapadas en el purgatorio del miedo.

El «todavía» de los recuerdos no caducos se sumerge en la última estrofa y acompaña a los trenes de noche y a la sonrisa torcida del hombre que, por siempre, ha sido feliz y ya no espera nada:

I encara, els trens de nit

com xiulen al pas, cruels de projectes, i torcen

un somriure a l’home que, per sempre, voldria

saber, per sempre feliç, que la vida ha estat tota,

que res no serà. (v. 28-32)

Las moscas no volverán el próximo verano.

 

Isabel Giménez Caro

Professora (UAlmería)

 

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