A l’inrevés – Alfredo Saldaña


Ferrater, Gabriel, «A l’inrevés», Les dones i els dies, Barcelona, Edicions 62 («MOLC», 21), 1979, p. 36; Les dones i els dies, edició definitiva, Barcelona, Edicions 62 («la butxaca»), 2017, p. 489; Les dones i els dies, edició crítica de Jordi Cornudella, Barcelona, Edicions 62, 2018, p. 54.


Tendemos a fijar la palabra en el tiempo y el lugar más frecuentados (coordenadas que suelen coincidir con un ahora y un aquí avasallados por el ruido), donde confluyen las emociones, las sensaciones y las ideas más concurridas, vistiéndola con los disfraces con los que decidimos ocultar, adulterar o trampantojear la realidad, atemperando la potencia y la intensidad de lo real, que a menudo permanece enterrado bajo la superficie. Pero también, como sucede en este poema, se puede hablar desde un después y un afuera –como si la palabra no nos perteneciera, o fuésemos arrastrados por ella hacia un exterior–, desde un futuro todavía no materializado («Ho diré», v. 1), desde la espalda de las cosas o su revés, intuyendo que, en ocasiones, lo relevante se encuentra en el fondo de los cajones que nunca abrimos, en los sótanos donde guardamos todos esos objetos que un día tuvieron sentido y hoy el lodo arrollador del tiempo ha convertido en cachivaches, cuando no en el extrarradio, en la periferia, entre los paréntesis, las contradicciones o las paradojas, a pie de página, en los silencios que aíslan y, al mismo tiempo, dan continuidad a las expresiones que pronunciamos, en los márgenes o entre los residuos que abandonamos en los contenedores, escondido como una bomba a punto de detonar y hacer saltar por los aires lo más espectacular y, casi siempre, menos relevante del mundo.

«Ho diré a l’inrevés» (v. 1): lo diré al revés, a la contra, a la inversa, à rebours. Se trataría, a la luz de esa extraña ley del acontecimiento singular de la que hablaba Jacques Derrida, de resetear hasta dar con otras circunstancias y desconectar para formatear luego de otra manera, contraprogramar, avanzar a la contra para encontrarnos con la parte menos frecuentada de nuestras conciencias, escuchar esas palabras veladas que apenas se dejan oír entre el murmullo mediático y, con ellas, descentrar, desvelar no lo que hemos atesorado sino lo que hemos perdido o lo que se nos escapa por el camino («Diré el que em fuig», v. 14), aquello que se ha desplazado y por lo tanto nos falta. Se trataría de escombrar para construir de nuevo, airear el sentido con ligeras insinuaciones antes que cegarlo con tópicos y lugares comunes que lo clausuren. Esas podrían ser algunas funciones de un poema como este, en el que la vida se manifiesta no tanto como una mercancía encapsulada en la experiencia de los hechos, un producto envasado al vacío y con fecha programada de caducidad, sino como la posibilidad de un acontecimiento singular. En ese proceso, a partir de la certidumbre de que el mundo será otro si es otro el lenguaje que lo nombra, algunas palabras pueden desempeñar un papel destacado.

Así, si ello fuera posible, se trataría de ubicarse en un lugar invisible, no por inexistente sino por haber sido borrado por un registro anodino que ha perdido su potencial de creación y ya solo nombra las cosas que se ven, y desde ahí, en soledad, articular un lenguaje que ha hecho de la imposible visibilidad su rasgo más íntimo y definitorio, el indicio más cercano y familiar de una inalcanzable lejanía. Desde ahí, se podría llegar a pensar que la soledad no tiene por qué ser una condición que separa o aísla, sino algo que nutre el origen de una experiencia común del acontecer.

Pensar así a partir de un registro anómalo y asimétrico que acabe con las fórmulas y que surja de la ruptura con las diferentes maneras de encajonar la realidad, basado, al hilo de su etimología, en el componente emancipador de un lenguaje capaz de proyectarse sobre cualquier ángulo, articulado sobre principios de contradicción, diferencia y excepcionalidad y que entienda su trabajo como una incansable producción de alternativas al mundo real. Pensar poéticamente, problematizar la vida aun a riesgo de que las palabras se resistan y no respondan a nuestros propósitos, pensar asumiendo el trance de que esa acción nos ahonde en un pozo sin fondo, distanciándonos de nosotros mismos («No diré res de mi», v. 14), intuyendo la posibilidad de que el lenguaje no refleje el mundo y se convierta en un espacio por construir, el instrumento para trabajar con lo que queda de la realidad después de que el huracán de la banalidad haya arrasado el paisaje, y todo ello con el objetivo de mostrar lo que todavía no ha aparecido o lo que ya se nos ha escapado, aquello que vive en la tierra imaginaria que brota entre la memoria y el deseo. Pensar así el lenguaje que podría representar el mundo, convirtiéndolo en conflicto con la intención de abrir espacios dialógicos, lugares de conversación y confrontación en los que se puedan dar nuevas formas de representación y conocimiento, como hiciera, por ejemplo, Rimbaud al encontrar amarga la belleza heredada y optar por injuriarla. Solo así pueden encontrarse grietas por las que abrir vías de oxigenación para seguir planteando preguntas con las que desafiar el límite e intuir, como presentía Blanchot, el infinito con el que sueña el poeta.

Creo que el poema de Gabriel Ferrater nos enfrenta al desafío de contemplar lo que hay al otro lado de esa frontera que delimita nuestra percepción del mundo, más allá del yo, una terra incògnita aún por descubrir donde se genera un espacio todavía no hollado y un tiempo entre tiempos, allí donde la vida, inestable, amenazada por la precariedad, queda en suspenso, potencialmente abierta a ser imaginada en total plenitud. Emerge así una poética sustentada sobre la idea de que el centro carece de lugar y, en cualquier caso, como muestra muy bien en este texto Ferrater –«un poeta difícil que, además, tiene el inconveniente de no parecerlo, pues ofrece suficientes alicientes en una primera lectura para creer que se ha llegado muy cerca de su lejano centro» (Joan Margarit y Pere Rovira, en G. Ferrater, Poema inacabado, Madrid, Alianza Editorial, 1989, p. 14)–, ese centro ya se ha desplazado y no está vinculado al sujeto que habla, una poética que designa no un punto de cierre sino el inicio de una apertura hacia lo que hay al otro lado (todo buen poeta sabe que, aunque se escriba a veces de uno mismo, lo decisivo es tratar de hacerlo siempre desde un lugar (im)propio e (im)personal, desprovisto de propiedades y certezas identitarias). Un centro, en definitiva, que, como intuía Edmond Jabès, es un punto que engendra otro punto en torno al cual brota una palabra excéntrica.

Hablar desde ese lugar es descentrarse, esto es, perderse para generar la posibilidad del hallazgo, arriesgarse a errar el blanco al que todos apuntan y muchos aciertan, mostrar carencias y debilidades, establecerse lejos de la seguridad y la comodidad para ver desde la distancia y la diferencia las oportunidades que favorecen el enriquecimiento mutuo, porque, en el fondo, quizás la cuestión no consista sino en aprender a vivir desde lejos. Con un vocabulario, podría decirse, de andar por casa, nada rebuscado, muy coloquial (Ferrater, recordemos, abogaba por una escritura poética marcada por un dictum sencillo y directo), aunque también con un ritmo sostenido sobre el isosilabismo y una marcada distribución acentual, el tiempo verbal elegido (el futuro) y la musicalidad que proporciona la aliteración, a partir de unas circunstancias inconexas, aparentemente elegidas al azar y, algunas de ellas, cotidianas, «A l’inrevés» nos traslada a un lugar incómodo (por poco frecuentado), el sitio de la extrañeza, donde lo familiar da paso a lo desconocido y la estabilidad cede ante la incertidumbre, hasta el punto de que el poema emerge como una entidad cimentada sobre su misma fragilidad, en sintonía con esa tradición de la modernidad que se centró más en plantear interrogantes que en formular respuestas que estrechen el horizonte de sentidos desde el que contemplamos la realidad. Se trataría de restar territorio y autoridad a las certezas garantizadas –la poesía, insistía Derrida, nada sería sin ese riesgo– con la intención de llevar a cabo una saludable tarea de oxigenación. Podría tratarse de un imposible que abre el curso de la posibilidad de la poesía, esto es, la coyuntura de otro mundo potencial. Porque de eso, como hace Ferrater, y no de otra cosa se trata: de soltar lastre emocional en la escritura para que el poema respire como idea.

Una escritura poética como esta puede, al poner en cuestión sus propios fundamentos, forzar un giro en la búsqueda de una lengua impersonal e impropia que implique, a su vez, un mundo distinto, esto es, explorar en la norma social y codificada de la lengua esas grietas por las que surja algo singular y diferente, un acontecimiento en el que lo imposible nombre lo prohibido y no lo indecible o lo inalcanzable y, así, en determinadas condiciones, pueda llegar a materializarse en un orden moral quizás más justo y saludable. Textos como este reflejan muy bien que la poesía resulta idónea para tratar cuestiones relacionadas con la construcción de la identidad y, de paso, ahondar tanto en los intersticios de la propia extrañeza como en las fisuras de la otra familiaridad, una extrañeza que acaba resultándonos próxima y natural, una familiaridad que se torna muchas veces incomprensiblemente rara e insólita.

En todo caso, y sirvan estas últimas palabras de aviso a navegantes, es indispensable recuperar una lectura crítica de la poesía, tal como lo veía Blanchot, liberada en lo posible de su máxima amenaza, la réalité du lecteur, esa realidad que, a veces, puede intervenir como un freno, una cortapisa o un bastión indestructible en el que nos refugiamos para tratar de seguir siendo quienes somos frente a lo que leemos, que se percibe como un peligro, autoafirmándonos en nuestras propias posiciones, pero también, a la inversa, como una oportunidad que abra paso al desafío de poder pensar de otra manera, presentándose como una extremada tensión entre el poder y la imposibilidad. Como si la poesía, «a l’inrevés», respirara o absorbiera el mundo de otro modo, como si activara una transformación con la que el lector se traslada a un lugar extraño y extranjero, un registro con el que afrontar la extrañeza y la otredad de todos aquellos paisajes a los que habitualmente hemos dado la espalda y que, al tiempo que modifica nuestra percepción del mundo, implica un cuestionamiento de nuestras convicciones más arraigadas. Creo que el poema de Gabriel Ferrater desplaza su mirada hacia ese horizonte.

 

Alfredo Saldaña

Poeta, crític i profesor (UZaragoza

 

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